Alibi Club by Francine Mathews

Alibi Club by Francine Mathews

Author:Francine Mathews
Language: es
Format: mobi
ISBN: 9788498005820
Publisher: La Factoría de Ideas
Published: 2009-12-31T23:00:00+00:00


Capítulo 21

Joliot encontró el almacén de Nell con dificultad, después de varios cambios de rumbo y una serie de obscenidades explosivas. Las calles de Les Halles eran estrechas y estaban consteladas por todo tipo imaginable de desechos: despojos de cerdo y cajas de madera, balas de heno y mantequeras, aros de queso y pezuñas de reses. Les Halles era el ombligo de París, el excelente mercado al aire libre a la sombra de Saint-Eustache que se extendía por varias manzanas en todas direcciones, flanqueado por almacenes, limitado por los hornos de los panaderos, las bodegas y las habitaciones traseras de los carniceros, las alcantarillas que se llenaban de sangre desde primera hora de la mañana, todo tipo de aves cacareando al sol de su último día, los ojos somnolientos de los conejos atados y colgados boca abajo por las patas de unos pasadores de madera, el queso fresco de cabra cubierto de ceniza y el olor a vino de las manzanas maduras. La gente que frecuentaba Les Halles no se parecía a Joliot, siempre envuelto por el aire enrarecido del Collège de France: eran hombres cargados de espaldas, vestidos con ropa desgarbada y de andares arrastrados; trabajadores esforzados casados con la tierra y el almacén, para los que el día de mercado era un rito ancestral sagrado; mujeres cuyas manos eran anchas y llenas de marcas, a las que no les costaba retorcerle el cuello a un ganso o sacarle el hígado estando aún vivo. Avanzó con cuidado de que el guardabarros del camión no hiriese a las hordas que pululaban, ya de recogida, y desmontaban los puestos improvisados ni a las cabras de voz ronca atadas a los postes. A esta gente no parecía preocuparles la guerra, aunque sus hijos seguramente se habían marchado al frente hacía muchos meses, como esos conejos atados, que ven el mundo boca abajo. Todos los hombres que Joliot vio en Les Halles tenían más de sesenta años. Todos los jóvenes estaban en otra parte, con una pistola en las manos.

Avanzó un poco con el camión, buscando la calle que Nell le había pedido que encontrara y la boca enorme del almacén, mientras pensaba tranquilamente en la cosecha y en la siembra, en la falta de mano de obra en el campo y en cómo afectaría eso a las comidas de sus hijos dentro de poco, independientemente de que los nazis llegaran a París. Joliot también había soportado una guerra de niño y recordaba el estómago punzante, el gruñido constante del hambre. Hoy, sin embargo, con Hélene y Pierre aún en Bretaña o posiblemente de camino a casa, se sintió suspendido curiosamente en su camión sobre el remolino y el flujo de viandantes, aislado del ruido y los olores de los puestos del mercado, solo en su engaño.

En cuanto Jacques Allier se marchó del laboratorio, Joliot extrajo el agua pesada con un sifón de los veintiséis bidones, y la puso en jarras de cristal esterilizado. Rellenó los bidones con agua del grifo del laboratorio y volvió a ponerlos en su sitio, donde Allier pensaba que los encontraría.



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